
Acabo de releer Estrellas y borrascas de Gaston Rebuffat. Un clásico del alpinismo y uno de esos libros que puede llegar a cambiarle a uno la vida. A mí, su lectura, junto con la de Conquistadores de lo inútil de Lionel Terray, definitivamente me la cambió. Ahora más que nunca, cuando he decidido jugármela toda por el montañismo, cobran mas fuerza y sentido esas líneas escritas por esos gigantes del alpinismo que fueron Terray y Rebuffat. Rebuffat nació en Marsella, a finales de los años veinte. Al lado del mar, muy lejos de los Alpes pero cerca de las Calanques, acantilado marino donde aprendió a moverse en la roca, y que, en tiempos más recientes, se ha convertido en uno de los principales destinos franceses de escalada. Alcanzó sus principales logros en la montaña después de la segunda guerra. En un tiempo en el que ya habían sido conquistadas todas las cumbres de los Alpes, e incluso cuando ya estaba atrás la “segunda conquista de los Alpes”, periodo en el cual, entre 1920 y 1938, los mejores alpinistas de Europa escalaron las muy difíciles paredes norte de las montañas alpinas. En Estrellas y Borrascas, Rebuffat cuenta su propio ascenso a las caras norte más representativas y difíciles de Europa: el espolón Walker de las Grandes Jorasses y los Drus, ambos situados en el macizo del Mont Blanc, la Cima grande di Lavaredo, en las Dolomitas, el Cervino en el Valais, El Piz Badile, localizado en la Engadine, y por supuesto la Eigerwand, la mítica pared norte del Eiger, en el Oberland. A diferencia de los libros de montañismo modernos, Rebuffat no se detiene en los detalles técnicos de los ascensos, ni en descripciones horrendas de accidentes, ni en subrayar la dificultad o su propia heroicidad. Por el contrario, el libro intenta mostrar el mundo interior del verdadero alpinista, aquel que ha consagrado su vida entera a la montaña, y la relación intima, vital, que este construye con su entorno, con la naturaleza, con la tierra. El titulo mismo del libro da cuenta de esta relación: Naturalmente, se puede hacer un vivac por el gusto de vivaquear, como se puede escalar por escalar, pero creo que no es esta nuestra vocación. No nos basta ser espectadores o maquinas de escalar. Debemos formar parte de la noche y de la montaña más que como testigos. Las estrellas centellean en el cielo: el montañero las contempla, pero son algo que vive, y también algo que le pertenece un poco: su suerte depende de ellas. Si brillan, se siente feliz. Si relucen con demasiada crudeza, la duda se apodera de él; tal vez se acerca una tempestad. Si las nubes las ocultan, nevará al amanecer. Y mientras en el valle la electricidad las ha suplantado definitivamente, allí arriba los dorados cristales son algo así como un poco de su carne que se estremece. Pero la montaña no solo ofrece cielos estrellados. La montaña, viva y en continuo movimiento, también tiene los días de tormenta, de lluvia, de borrascas. Es fundamental, para quien va a la montaña, aprender a querer tanto las estrellas como las borrascas. Eso es lo que ella ofrece y a eso es a lo que vamos allá. Después de dos rappels hemos tenido que detenernos y ponernos los anoraks de vivac, esta nieve contraría nuestros proyectos, mas no nos disgusta. La lluvia es desagradable, pero la nieve forma parte de la montaña, lo mismo que el sol y un cielo despejado. El libro hace parte de lo que se ha llamado el “romanticismo” en la literatura de montaña, y además se enmarca dentro de la tradición de los libros que instan a un regreso a la tierra, a una forma de vida más simple y más armoniosa con nuestro entorno. En esto, Estrellas y Borrascas recuerda vagamente a Walden, pues, aunque no tiene la profundidad de éste, una y otra vez nos recuerda que la vida moderna, frenética y artificial, nos ha hecho olvidar que somos una parte minúscula del universo, tan solo un momento en la historia del tiempo. La vida sobre la tierra depende de un precario balance. Los hombres juegan un papel fundamental en el mantenimiento de éste, pero la mayoría de ellos, abrumados por las angustias de la ciudad, del dinero y de la vida, olvidan lo que les va en ello. Al reflexionar sobre eso, Rebuffat simultáneamente reivindica la profesión de guía de montaña, a veces tan menospreciada, y últimamente tan prostituida. La profesión de guia es una de las mas hermosas, porque el hombre la ejerce sobre la tierra virgen aún. Pocas cosas subsisten en nuestros días; ya no existe ni la noche, ni el frio, ni el viento, ni las estrellas. Todo se ha neutralizado. ¿En donde esta el ritmo de la vida? ¡Todo va tan aprisa y hace tanto ruido! El hombre apresurado ignora la hierba de los caminos, su color, su olor, sus reflejos cuando el viento la acaricia. Es bonito leer la forma en que Rebuffat se convirtió en guía tras algunos años como escalador aficionado. Esto sucedió después de escalar el espolón Walker, mítica ruta en la cara norte de las Grandes Jorasses. 4200 metros de altura, 1200 metros de escalada de dificultad, y muchos escaladores muertos en el intento. Aun hoy sigue siendo una escalada impresionante, y una “pluma muy grande” en el sombrero de cualquiera que logre su cumbre. Para Rebuffat esa montaña significó la revelación de que el montañismo era su camino y la guianza su vocación. Ese descubrimiento intimo de eso para lo cual uno esta destinado, de eso que lo hace a uno feliz. El tipo de descubrimiento que en nuestros días es cada vez más raro. En 1945, al bajar de esa montaña (el espolón Walker) y como liberado de mis deseos de aficionado, la atracción de las tierras altas siguió en mi otro derrotero: escogí el oficio de guía y me sentí desde entonces el capitán de mi vida. Eso, sentirse el capitán de la vida propia, es algo por lo que todo hombre debería luchar. En parte eso es lo que yo busco en estos días inciertos en los que lo único que hago es escalar, ir a la montaña y buscar la forma de vivir de ello. Reconforta leer un libro como Estrellas y borrascas, así este pertenezca a una era del alpinismo que no volverá. En Colombia aún hay mucho por escalar y la profesión como tal aún esta por desarrollarse, el montañismo aquí, se asemeja a lo que era hace décadas en Europa y aún mantiene ese aura romántico que describe tan conmovedoramente Rebuffat. No es difícil identificarse con varios pasajes del libro, especialmente con aquellos donde se trata la inevitable incomprensión de los demás. Hoy ya no soy frágil. En mi cabeza y en mi cuerpo siento ese vigor que necesitaba para vivir alla abajo, en el valle; lo sentiré fluir por todo mi ser en los siguientes días, durante los cuales escalaremos sin cesar. Muchas veces, en la tierra baja, he oído pronunciar la palabra “inutilidad” hablando de alpinismo; les contestaba: “No podeís comprenderlo”. Realmente, a veces sentían envidia de mi dicha. Hay algunos libros que las personas llaman "fundamentales". Para mí, Estrellas y borrascas es uno de ellos. Durante unos momentos contemplamos todavía este mundo aparte que es la alta montaña. Todo cansancio ha desparecido. Abajo, como un gato acariciado, el mar de nubes enarca el lomo bajo la mano del viento. Pero se hace tarde y hay que pensar en dejar la cumbre. Sólo nos quedan dos horas para alcanzar la estación de Eigergletscher antes de la noche. Descendemos por la via normal; como esta mañana, como ayer, como anteayer, la vida bulle en nosotros. ¡La vida, este lujo de la existencia!
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